El retorno de Doña DNF
Después de la última edición de la PBP —de la cual no salí precisamente a hombros, sino más bien en camilla—, me juré que no volvería a caer en las garras de otra Super Brevet. Pero claro, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra... y el/la ciclista, el único que tropieza porque le invita un amigo.
Bastó que mi querido amigo Eduardo Montalvillo me silbara al oído para acabar inexplicablemente inscrita en la Ronde 2026. Sobre el papel, oye, el plan sonaba hasta idílico. Incluso el pequeño detalle de meter un puerto pirenaico a mitad de ruta parecía aceptable. Al fin y al cabo, son 1200 kilómetros con diez mil y pico de desnivel. Asequible, ¿verdad? Spoiler: no.
Para no morir en el intento, me puse a trabajar duro desde finales de enero. Acumulé tres 200, tres 300, dos 400 y un 600.
Íñigo me preparó una hoja de cálculo estupenda. Tras estudiar el recorrido con el rigor de un ingeniero de la NASA, creé un plan de ruta que yo misma taché de "muy conservador". Estaba convencida de que esta vez era factible. ¡Qué inocente!. La cruda realidad me dio un bofetón a mano abierta: no logramos cumplir el bendito plan ni en el Día 1. El Excel lo aguanta todo... pero de esto hablaré más adelante.
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| Recorrido RAA 26 |
Era la cuarta edición de la Ronde, una prueba muy bien organizada, tipo PBP pero en plan familiar. Tenía sus controles reglamentarios con servicios y la posibilidad de descansar. Incluso te permitían enviar dos bolsas con mudas a dos puntos estratégicos.
Detrás de la organización de la prueba se encuentra el club Les Randonneurs Autonomes Aquitains, cuya sede está fijada en Saint-Médard-en-Jalles, punto que servirá como salida y meta del recorrido. Esta localidad se sitúa a pocos kilómetros de Burdeos y, por desgracia, se ha visto muy afectada al encontrarse en la zona cero del terrible incendio que ha calcinado miles de hectáreas en el departamento de la Gironde.
Iñigo y yo viajábamos con la furgo, lo que nos permitió pasar la noche en Iparralde y así llegar a Burdeos el sábado por la mañana. Mientras tanto, Javi Magro, Miguel y Eduardo se enfrentaban al clásico madrugón de sábado saliendo desde Madrid. Valentín también salió el sábado por la mañana con su furgo.
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| Zona Camper en SAint-Médard |
Así pues, una vez en la Salle Arianne de Saint-Médard, empezamos a encontrarnos con los amigos randonneurs. La delegación española fue la segunda más numerosa de toda la prueba. Allí también vimos a David Bajo que llegó en su furgo poco después de nosotros. Nos encontramos con el contingente vasco con una muy buena representación (David Maisu, JuanKar, Roberto, Raul, Sergio...)
Tras cerrarse las inscripciones el 31 de mayo con 313 apuntados, la línea de salida reflejó la primera criba: se presentaron 231 participantes, registrándose 82 bajas de última hora (un 26 % de los inscritos). Las condiciones climáticas excepcionales hicieron el resto, endureciendo la prueba hasta dejar unos números incuestionables: de los 231 que tomamos la salida, hubo 138 abandonos —casi el 60 % de los ciclistas— y solo 93 lograron alcanzar la meta.
En el lado de los triunfadores que lograron batir a la "canicule" y llegar a meta anotamos a Iñigo y a Valentín (que hicieron grupeta con Sergio de Vitoria). Detrás de ellos llegó Javier Magro, y el broche de oro de la resistencia lo puso Miguel. Es increíble la capacidad de encajar kilómetros que tiene este chico; digno de estudio. En el otro lado de la balanza, Eduardo, David Bajo y yo aportamos nuestro granito de arena a la organización ayudando a redondear la cifra del 60 % de bajas. Alguien tenía que hacer el trabajo estadístico.
Así que, dejando a los héroes de la meta saborear la gloria, es hora de entrar de lleno en la verdadera odisea: la aventura que protagonizamos Eduardo y una servidora. Lo nuestro no fue un simple abandono; fue una sucesión de acontecimientos que daría para escribir una serie de supervivencia.
Para entender nuestra retirada hay que ponerse en situación: Lidiar durante cuatro días seguidos -en nuestro caso tres- con una ola de calor implacable a 40 grados desinfla el optimismo de cualquiera.
DIA 1- Saint-Medard a Sarlat 316
La primera jornada salvamos los muebles -hacía muchísimo calor pero lo peor todavía estaba por llegar- y alcanzamos Sarlat (316 km). Se cumplía así el objetivo que yo había fijado en mi hoja de ruta bajo el optimista título de "plan conservador"... ejem. Teníamos reservadas unos apartamentos en Sarlat, Louvie-Juzon y Mimizan. En un principio pensábamos dormir en el control de Mimizan, pero Miguel nos dijo que los controles se llenaban enseguida y le pedí a Iñi que hiciera una reserva de ultima hora. Otro spoiler: acabaron utilizándola Íñi, Valen y Sergio, nosotros ya no llegamos.
El primer control de Ronsenac (Km 140) nos regaló el mejor invento de la prueba: una manguera abierta. Nos metimos de cabeza y de cuerpo entero en el chorro, convirtiendo la parada en un lavado a presión de ciclistas. Con el depósito lleno y los bidones con agua volvimos a la carretera, pero el calor no perdonaba. Parecía un truco de magia: en solo diez minutos estábamos tan secos como si nunca nos hubiéramos mojado, y antes de cumplir los primeros diez kilómetros ya nos habíamos bebido un bidón completo.
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| Saint Émilion |
Hay que recordar un pequeño detalle logístico: los pueblos franceses no son muy amigos de las fuentes públicas y, al ser domingo, los comercios de la ruta cierran a las 12:30. A partir de esa hora, conseguir agua fresca se convirtió en todo un ejercicio de supervivencia. Con 40 grados en el termómetro, la carretera empezó a parecerse más al desierto de Mad Max que al idílico recorrido de una SB.
No todo eran tiendas cerradas los domingos y la falta de fuentes en los pueblos; también quedaba espacio para la hospitalidad francesa. Unos Km después del control, unas almas caritativas habían dejado una garrafa con agua y una manguera conectada para salvar la vida de los participantes. Fue un auténtico regalo del cielo que nos sirvió para reponer fuerzas antes de afrontar la cruda realidad del cronómetro: a estas alturas, el generoso colchón de seis horas que traíamos de Madrid se estaba convirtiendo en una colchoneta de playa.
Pero el refranero es sabio y está demostrado que Dios aprieta, pero no ahoga; a veces, incluso te guía en mitad del desierto. Resulta que sí que existen los oasis, y nos topamos con ellos: los cementerios. En Francia, estos lugares de descanso eterno son también el paraíso del ciclista sediento, ya que siempre albergan una bendita fuente a la entrada dispuesta a resucitar a los vivos.
DIA 2- Sarlat a 10 km antes de Le Houga (Una retirada a tiempo es una victoria)
Nos levantamos temprano y nos pusimos en marcha tras haber descansado unas escasas tres horas. A las 6:30 de la mañana ya estábamos pedaleando, y la mañana ya avisaba de que el día iba a ser criminal. Para terminar de despertarnos, la salida de Sarlat resultó ser durísima, madre mía qué repechos; un inicio idílico para calentar antes de que el sol empezara a apretar de verdad.
Hay jornadas en las que las fuerzas del universo se confabulan en contra, y ese día no había forma humana de ganar velocidad. Nos encontramos atrapados entre un calor asfixiante, unos repechos sin compasión y un asfalto tan áspero que costaba horrores hacerlo rodar, como si el propio suelo nos agarrara por las ruedas. Así las cosas, mantener el ritmo previsto era una utopía: la media bajaba sin remedio y nuestro margen de seguridad se desvanecía por momentos.
Nuestra llegada al punto de control de Monpazier sirvió para certificar que el calor estaba haciendo mella. Fue allí donde empezamos a tomar conciencia de la auténtica escabechina que se estaba organizando a nuestro alrededor. Vimos a David Bajo, que había optado por la cordura del abandono después de haber estado vomitando. En el mismo punto, Roberto de Vitoria nos comunicó la baja de su compañero de ruta mientras él decidía continuar en solitario, creo que terminó definitivamente en Agen.
La carretera hacia Agen se convirtió en un bucle infinito que no se terminaba nunca; un suplicio en toda regla que ya guardo en mi memoria como uno de los peores días de mi vida en bici. Cuando por fin entramos al control, nos sorprendió ver a tanta gente reunida. Tardamos unos minutos en procesar el panorama, pero pronto comprendimos que estábamos en el epicentro del abandono general: Agen tiene tren directo a Burdeos y la estación se había convertido en el destino favorito de la jornada. En mitad de esa debacle absoluta, Eduardo y yo debíamos de tener el termostato averiado, porque ni nos planteamos el abandono. Le extendimos el carnet de ruta al voluntario y el pobre hombre se quedó pálido al ver que éramos la única avanzadilla que continuaba. Con una preocupación casi paternal, nos suplicó prudencia. Nos avituallamos rápido y salimos de allí para sumergirnos de nuevo en un ambiente que, sin exagerar un ápice, replicaba con total fidelidad la temperatura interior de un horno de panadería.
Al salir de Agen la carretera volvió a mirar hacia arriba, y con las nuevas pendientes mi sistema de refrigeración central se escacharró. Coronando uno de esos repechos, el cuerpo entró en cortocircuito: empecé a notar escalofríos bajo un sol de justicia y dolor de cabeza lo que no vaticinaba nada bueno. Puse pie a tierra en la primera sombra que encontré para intentar recuperarme. Eché mano al bidón para hidratarme; aquel agua estaba a una temperatura superior a la del grifo de agua caliente de mi casa.
Eduardo me esperó al no verme y le comenté que mi cuerpo empezaba a rebelarse, ya que esas alertas corporales suelen preceder a un desastre mayor. Llegamos a meternos en una casa para pedirle agua fresca a la dueña; era sencillamente imposible avanzar. Continuamos unos kilómetros más, encontramos un parque y decidimos parar a descansar a la espera de que bajara el sol. Pero en ese punto, ya sabíamos que el cronómetro nos había ganado la partida. Del colchón inicial no quedaban ni los recuerdos y el déficit de tiempo acumulado ya era insalvable. La única vía para cuadrar el horario era rodar del tirón durante toda la noche, pero sabía de sobra que mi cuerpo no iba a resistir. Ya vamos teniendo experiencia.
En cuanto volvimos a dar pedales, la idea de la retirada ya se había instalado en mi cabeza. Lejos de tener sensación de fracaso, me sentí extrañamente bien: por una vez en la vida, la sensatez le ganó la partida a la cabezonería y supe frenar a tiempo para escuchar al cuerpo. El sentido común cotizaba al alza ese día.
Lo hablé con Eduardo; le ofrecí la oportunidad de seguir adelante si se veía con fuerzas, pero dijo que habíamos empezado juntos y terminaríamos juntos; seamos sinceros: su estado general tampoco invitaba a tirar cohetes. Para rematar la jugada, viajaba sin el track de la prueba en el GPS, un detalle importante. Edu no opuso mucha resistencia y aceptó que el abandono era la única salida razonable para los dos.
Nuestra meta a corto plazo se limitaba a llegar al control de Le Houga para dormir un poco y planificar la vuelta al amanecer. Por desgracia, a través de de Miguel y de Iñigo, nos enteramos de que Le Houga había echado el cierre a las 12:00 de la noche, dejándonos sin lugar donde dormir. ¡Qué faena! Estábamos a solo 10 kilómetros de Le Houga, pero la lógica dictaba que ya no merecía la pena seguir peleando hasta allí.
Estábamos oficialmente en tierra de nadie, pero las fuerzas ya no daban para ponernos tiquismiquis. Convertidos en dos desarrapados del asfalto nos aposentamos en el primer rincón que encontramos para dormir un poco, asumiendo que la Ronde 2026 ya nos había regalado más anécdotas de las que veníamos buscando.
Terminamos la jornada tirados en el suelo a las puertas de un taller mecánico junto a una gasolinera en mitad de la nada. La noche nos recordó que dormir al raso siempre implica pasar frío. Con todo, yo dormí hasta el amanecer. Al despertar, no vi a Eduardo por ninguna parte, pero una voz desde la zona de los surtidores me sacó de dudas: "Clara, vamos, ¡que te llevo!". Para mi asombro, Edu se había metido en el interior del único coche que había estacionado allí. El coche estaba abierto, un refugio contra el frío que hubiera sido como una suite de lujo por la noche.
Si la noche fue surrealista, el amanecer no se quedó atrás. El premio del día se lo llevaron los mecánicos cuando llegaron a abrir las persianas del taller. La cara que pusieron al llegar a trabajar y toparse de frente con semejante cuadro no tenía precio. Se portaron de lujo, nos ofrecieron agua y café lo que nos ayudó a despejarnos.
Día 3- Le Houga a Saint- Médard
Tras despedirnos de nuestros amigos mecánicos franceses, asumimos el regreso a Saint-Médard por la vía directa: pedaleando. Sobre el papel eran unos asumibles 150 kilómetros, pero el destino tenía otros planes. Como íbamos sin el track, confiamos en Google Maps, descubriendo por las malas que no está precisamente diseñada para ciclismo en carretera. Nos metió en una sucesión de pistas de tierra impracticables que nos obligaban a dar la vuelta una y otra vez. El resultado de la jugada fue una etapa extra de más de 200 kilómetros bajo el mismo sol abrasador de 40 grados y con la paciencia al límite de la resistencia debido al puñetero Google.
A escasos 10 km de meta, cerca del aeropuerto de Mérignac, con bastante tráfico a pesar de que eran pasadas la 1:00 am. Íbamos por un carril bici estrecho y bastante sucio cuando un coche nos dejó ciegos con las largas. Eduardo se deslumbró y se cayó, dando con el hombro contra el bordillo. Pensé que la clavícula se le había roto, pero el tío es de titanio, se levantó, se sacudió el polvo y aquí no ha pasado nada.
Por fin llegamos a Saint-Médard. Los voluntarios nos salvaron la vida con una cena que agradecimos en el alma, sobre todo porque ya nos veíamos castigados otra noche más sin cenar.
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| Tu l'as bien mérité |
Ha sido una experiencia increíble. Por una vez, vuelvo a casa sin frustración ni derrotas en la mochila, sino todo lo contrario. Creo que esta distancia en concreto no es para mí, pero también sé que me he convertido en una buena randonneur. He aprendido la lección más difícil, que es saber cuándo parar.
Entre que el calor y yo no nos entendemos y que mi espalda decide protestar tras demasiadas horas sobre la bici, dudo mucho que repita una Super Brevet. Pero ojo, eso no significa que abandone la larga distancia. Por su parte, Eduardo se quedó un poco tocado tras el golpe y amenazó con abandonar, pero espero que se lo piense. Es un ciclista enorme y, por encima de todo, un compañero de ruta excepcional y una bellísima persona.
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| Equipo de voluntarios de lujo en Saint-Médard |
Por último, no quiero dejar de mencionar a todos los bénévoles que nos apoyaron y cuidaron de maravilla. En todos los controles nos trataron de lujo, pero en especial en Saint-Médard se portaron como ángeles de la guarda. Un grand merci à tous et toutes!











