miércoles, 5 de agosto de 2026

Ronde Aliénor d'Aquitaine 2026

El retorno de Doña DNF

Después de la última edición de la PBP —de la cual no salí precisamente a hombros, sino más bien en camilla—, me juré que no volvería a caer en las garras de otra Super Brevet. Pero claro, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra... y el/la ciclista, el único que tropieza porque le invita un amigo.
Bastó que mi querido amigo Eduardo Montalvillo me silbara al oído para acabar inexplicablemente inscrita en la Ronde 2026. Sobre el papel, oye, el plan sonaba hasta idílico. Incluso el pequeño detalle de meter un puerto pirenaico a mitad de ruta parecía aceptable. Al fin y al cabo, son 1200 kilómetros con diez mil y pico de desnivel. Asequible, ¿verdad? Spoiler: no.
Para no morir en el intento, me puse a trabajar duro desde finales de enero. Acumulé tres 200, tres 300, dos 400 y un 600. 
Íñigo me preparó una hoja de cálculo estupenda. Tras estudiar el recorrido con el rigor de un ingeniero de la NASA, creé un plan de ruta que yo misma taché de "muy conservador". Estaba convencida de que esta vez era factible. ¡Qué inocente!. La cruda realidad me dio un bofetón a mano abierta: no logramos cumplir el bendito plan ni en el Día 1. El Excel lo aguanta todo... pero de esto hablaré más adelante.

Recorrido RAA 26
Era la cuarta edición de la Ronde, una prueba muy bien organizada, tipo PBP pero en plan familiar. Tenía sus controles reglamentarios con servicios y la posibilidad de descansar. Incluso te permitían enviar dos bolsas con mudas a dos puntos estratégicos. 
Detrás de la organización de la prueba se encuentra el club Les Randonneurs Autonomes Aquitains, cuya sede está fijada en Saint-Médard-en-Jalles, punto que servirá como salida y meta del recorrido. Esta localidad se sitúa a pocos kilómetros de Burdeos y, por desgracia, se ha visto muy afectada al encontrarse en la zona cero del terrible incendio que ha calcinado miles de hectáreas en el departamento de la Gironde.

Iñigo y yo viajábamos con la furgo, lo que nos permitió pasar la noche en Iparralde y así llegar a Burdeos el sábado por la mañana. Mientras tanto, Javi Magro, Miguel y Eduardo se enfrentaban al clásico madrugón de sábado saliendo desde Madrid. Valentín también salió el sábado por la mañana con su furgo. 
Zona Camper en SAint-Médard
Así pues, una vez en la Salle Arianne de Saint-Médard, empezamos a encontrarnos con los amigos randonneurs. La delegación española fue la segunda más numerosa de toda la prueba. Allí también vimos a David Bajo que llegó en su furgo poco después de nosotros. Nos encontramos con el contingente vasco con una muy buena representación (David Maisu, JuanKar, Roberto, Raul, Sergio...)

Miguel y Eduardo desayunando antes de la prueba

Recogida de dorsales
Tras cerrarse las inscripciones el 31 de mayo con 313 apuntados, la línea de salida reflejó la primera criba: se presentaron 231 participantes, registrándose 82 bajas de última hora (un 26 % de los inscritos). Las condiciones climáticas excepcionales hicieron el resto, endureciendo la prueba hasta dejar unos números incuestionables: de los 231 que tomamos la salida, hubo 138 abandonos —casi el 60 % de los ciclistas— y solo 93 lograron alcanzar la meta.
En el lado de los triunfadores que lograron batir a la "canicule" y llegar a meta anotamos a Iñigo y a Valentín (que hicieron grupeta con Sergio de Vitoria). Detrás de ellos llegó Javier Magro, y el broche de oro de la resistencia lo puso Miguel. Es increíble  la capacidad de encajar kilómetros que tiene este chico; digno de estudio. En el otro lado de la balanza, Eduardo, David Bajo y yo aportamos nuestro granito de arena a la organización ayudando a redondear la cifra del 60 % de bajas. Alguien tenía que hacer el trabajo estadístico.
Así que, dejando a los héroes de la meta saborear la gloria, es hora de entrar de lleno en la verdadera odisea: la aventura que protagonizamos Eduardo y una servidora. Lo nuestro no fue un simple abandono; fue una sucesión de acontecimientos que daría para escribir una serie de supervivencia.
Para entender nuestra retirada hay que ponerse en situación: Lidiar durante cuatro días seguidos -en nuestro caso tres- con una ola de calor implacable a 40 grados desinfla el optimismo de cualquiera. 
DIA 1- Saint-Medard a Sarlat 316
Nos las prometíamos felices (Iñi, Javi Magro, Eduardo y yo)

Salida
La primera jornada salvamos los muebles -hacía muchísimo calor pero lo peor todavía estaba por llegar- y alcanzamos Sarlat (316 km). Se cumplía así el objetivo que yo había fijado en mi hoja de ruta bajo el optimista título de "plan conservador"... ejem. Teníamos reservadas unos apartamentos en Sarlat, Louvie-Juzon y Mimizan. En un principio pensábamos dormir en el control de Mimizan, pero Miguel nos dijo que los controles se llenaban enseguida y le pedí a Iñi que hiciera una reserva de ultima hora. Otro spoiler: acabaron utilizándola Íñi, Valen y Sergio, nosotros ya no llegamos.
El primer control de Ronsenac (Km 140)  nos regaló el mejor invento de la prueba: una manguera abierta. Nos metimos de cabeza y de cuerpo entero en el chorro, convirtiendo la parada en un lavado a presión de ciclistas. Con el depósito lleno y los bidones con agua volvimos a la carretera, pero el calor no perdonaba. Parecía un truco de magia: en solo diez minutos estábamos tan secos como si nunca nos hubiéramos mojado, y antes de cumplir los primeros diez kilómetros ya nos habíamos bebido un bidón completo.

Saint Émilion

Hay que recordar un pequeño detalle logístico: los pueblos franceses no son muy amigos de las fuentes públicas y, al ser domingo, los comercios de la ruta cierran a las 12:30. A partir de esa hora, conseguir agua fresca se convirtió en todo un ejercicio de supervivencia. Con 40 grados en el termómetro, la carretera empezó a parecerse más al desierto de Mad Max que al idílico recorrido de una SB.

No todo eran tiendas cerradas los domingos y la falta de fuentes en los pueblos; también quedaba espacio para la hospitalidad francesa. Unos Km después del control, unas almas caritativas habían dejado una garrafa con agua y una manguera conectada para salvar la vida de los participantes. Fue un auténtico regalo del cielo que nos sirvió para reponer fuerzas antes de afrontar la cruda realidad del cronómetro: a estas alturas, el generoso colchón de seis horas que traíamos de Madrid se estaba convirtiendo en una colchoneta de playa.
Pero el refranero es sabio y está demostrado que Dios aprieta, pero no ahoga; a veces, incluso te guía en mitad del desierto. Resulta que sí que existen los oasis, y nos topamos con ellos: los cementerios. En Francia, estos lugares de descanso eterno son también el paraíso del ciclista sediento, ya que siempre albergan una bendita fuente a la entrada dispuesta a resucitar a los vivos.

Llegar a Sarlat fue un alivio, pero en la hoja de ruta inicial habíamos diseñado un generoso colchón de seis horas para imprevistos; sin embargo, bajo esas condiciones, tuvimos que gastar más dos de esas horas simplemente en paradas de hidratación. Empezar el segundo día con la cuenta del tiempo mermada ponía las cosas más difíciles, pero los ánimos seguían intactos. 
DIA 2- Sarlat a 10 km antes de Le Houga (Una retirada a tiempo es una victoria) 
Nos levantamos temprano y nos pusimos en marcha tras haber descansado unas escasas tres horas. A las 6:30 de la mañana ya estábamos pedaleando, y la mañana ya avisaba de que el día iba a ser criminal. Para terminar de despertarnos, la salida de Sarlat resultó ser durísima, madre mía qué repechos; un inicio idílico para calentar antes de que el sol empezara a apretar de verdad.
Hay jornadas en las que las fuerzas del universo se confabulan en contra, y ese día no había forma humana de ganar velocidad. Nos encontramos atrapados entre un calor asfixiante, unos repechos sin compasión y un asfalto tan áspero que costaba horrores hacerlo rodar, como si el propio suelo nos agarrara por las ruedas. Así las cosas, mantener el ritmo previsto era una utopía: la media bajaba sin remedio y nuestro margen de seguridad se desvanecía por momentos.
Nuestra llegada al punto de control de Monpazier sirvió para certificar que el calor estaba haciendo mella. Fue allí donde empezamos a tomar conciencia de la auténtica escabechina que se estaba organizando a nuestro alrededor. Vimos a David Bajo, que había optado por la cordura del abandono después de haber estado vomitando. En el mismo punto, Roberto de Vitoria nos comunicó la baja de su compañero de ruta mientras él decidía continuar en solitario,  creo que terminó definitivamente en Agen.

La carretera hacia Agen se convirtió en un bucle infinito que no se terminaba nunca; un suplicio en toda regla que ya guardo en mi memoria como uno de los peores días de mi vida en bici. Cuando por fin entramos al control, nos sorprendió ver a tanta gente reunida. Tardamos unos minutos en procesar el panorama, pero pronto comprendimos que estábamos en el epicentro del abandono general: Agen tiene tren directo a Burdeos y la estación se había convertido en el destino favorito de la jornada. En mitad de esa debacle absoluta, Eduardo y yo debíamos de tener el termostato averiado, porque ni nos planteamos el abandono. Le extendimos el carnet de ruta al voluntario y el pobre hombre se quedó pálido al ver que éramos la única avanzadilla que continuaba. Con una preocupación casi paternal, nos suplicó prudencia. Nos avituallamos rápido y salimos de allí para sumergirnos de nuevo en un ambiente que, sin exagerar un ápice, replicaba con total fidelidad la temperatura interior de un horno de panadería.

Al salir de Agen la carretera volvió a mirar hacia arriba, y con las nuevas pendientes mi sistema de refrigeración central se escacharró. Coronando uno de esos repechos, el cuerpo entró en cortocircuito: empecé a notar escalofríos bajo un sol de justicia y dolor de cabeza lo que no vaticinaba nada bueno. Puse pie a tierra en la primera sombra que encontré para intentar recuperarme. Eché mano al bidón para hidratarme; aquel agua estaba a una temperatura superior a la del grifo de agua caliente de mi casa. 

Eduardo me esperó al no verme y le comenté que mi cuerpo empezaba a rebelarse, ya que esas alertas corporales suelen preceder a un desastre mayor. Llegamos a meternos en una casa para pedirle agua fresca a la dueña; era sencillamente imposible avanzar. Continuamos unos kilómetros más, encontramos un parque y decidimos parar a descansar a la espera de que bajara el sol. Pero en ese punto, ya sabíamos que el cronómetro nos había ganado la partida. Del colchón inicial no quedaban ni los recuerdos y el déficit de tiempo acumulado ya era insalvable. La única vía para cuadrar el horario era rodar del tirón durante toda la noche, pero sabía de sobra que mi cuerpo no iba a resistir. Ya vamos teniendo experiencia. 

En cuanto volvimos a dar pedales, la idea de la retirada ya se había instalado en mi cabeza. Lejos de tener sensación de fracaso, me sentí extrañamente bien: por una vez en la vida, la sensatez le ganó la partida a la cabezonería y supe frenar a tiempo para escuchar al cuerpo. El sentido común cotizaba al alza ese día. 
Lo hablé con Eduardo; le ofrecí la oportunidad de seguir adelante si se veía con fuerzas, pero dijo que habíamos empezado juntos y terminaríamos juntos; seamos sinceros: su estado general tampoco invitaba a tirar cohetes. Para rematar la jugada, viajaba sin el track de la prueba en el GPS, un detalle importante. Edu no opuso mucha resistencia y aceptó que el abandono era la única salida razonable para los dos.
Nuestra meta a corto plazo se limitaba a llegar al control de Le Houga para dormir un poco y planificar la vuelta al amanecer. Por desgracia, a través de de Miguel y de Iñigo, nos enteramos de que Le Houga había echado el cierre a las 12:00 de la noche, dejándonos sin lugar donde dormir. ¡Qué faena! Estábamos a solo 10 kilómetros de Le Houga, pero la lógica dictaba que ya no merecía la pena seguir peleando hasta allí.

Estábamos oficialmente en tierra de nadie, pero las fuerzas ya no daban para ponernos tiquismiquis. Convertidos en dos desarrapados del asfalto nos aposentamos en el primer rincón que encontramos para dormir un poco, asumiendo que la Ronde 2026 ya nos había regalado más anécdotas de las que veníamos buscando.

Terminamos la jornada tirados en el suelo a las puertas de un taller mecánico junto a una gasolinera en mitad de la nada. La noche nos recordó que dormir al raso siempre implica pasar frío. Con todo, yo dormí  hasta el amanecer. Al despertar, no vi a Eduardo por ninguna parte, pero una voz desde la zona de los surtidores me sacó de dudas: "Clara, vamos, ¡que te llevo!". Para mi asombro, Edu se había metido en el interior del único coche que había estacionado allí. El coche estaba abierto, un refugio contra el frío que hubiera sido como una suite de lujo por la noche.
Si la noche fue surrealista, el amanecer no se quedó atrás. El premio del día se lo llevaron los mecánicos cuando llegaron a abrir las persianas del taller. La cara que pusieron al llegar a trabajar y toparse de frente con semejante cuadro no tenía precio. Se portaron de lujo, nos ofrecieron agua y café lo que nos ayudó a despejarnos.

Día 3- Le Houga a Saint- Médard 

Tras despedirnos de nuestros amigos mecánicos franceses, asumimos el regreso a Saint-Médard por la vía directa: pedaleando. Sobre el papel eran unos asumibles 150 kilómetros, pero el destino tenía otros planes. Como íbamos sin el track, confiamos en Google Maps, descubriendo por las malas que no está precisamente diseñada para ciclismo en carretera. Nos metió en una sucesión de pistas de tierra impracticables que nos obligaban a dar la vuelta una y otra vez. El resultado de la jugada fue una etapa extra de más de 200 kilómetros bajo el mismo sol abrasador de 40 grados y con la paciencia al límite de la resistencia debido al puñetero Google. 
A escasos 10 km de meta, cerca del aeropuerto de Mérignac, con bastante tráfico a pesar de que eran pasadas la 1:00 am. Íbamos por un carril bici estrecho y bastante sucio cuando un coche nos dejó ciegos con las largas. Eduardo se deslumbró y se cayó, dando con el hombro contra el bordillo. Pensé que la clavícula se le había roto, pero el tío es de titanio, se levantó, se sacudió el polvo y aquí no ha pasado nada.
Por fin llegamos a Saint-Médard. Los voluntarios nos salvaron la vida con una cena que agradecimos en el alma, sobre todo porque ya nos veíamos castigados otra noche más sin cenar.
Tu l'as bien mérité 
Ha sido una experiencia increíble. Por una vez, vuelvo a casa sin frustración ni derrotas en la mochila, sino todo lo contrario. Creo que esta distancia en concreto no es para mí, pero también sé que me he convertido en una buena randonneur. He aprendido la lección más difícil, que es saber cuándo parar.
Entre que el calor y yo no nos entendemos y que mi espalda decide protestar tras demasiadas horas sobre la bici, dudo mucho que repita una Super Brevet. Pero ojo, eso no significa que abandone la larga distancia. Por su parte, Eduardo se quedó un poco tocado tras el golpe y amenazó con abandonar, pero espero que se lo piense. Es un ciclista enorme y, por encima de todo, un compañero de ruta excepcional y una bellísima persona.
Equipo de voluntarios de lujo en Saint-Médard

Por último, no quiero dejar de mencionar a todos los bénévoles que nos apoyaron y cuidaron de maravilla. En todos los controles nos trataron de lujo, pero en especial en Saint-Médard se portaron como ángeles de la guarda. Un grand merci à tous et toutes!









jueves, 4 de mayo de 2023

BRM 400 Astorga-Bragança

 Ya no suelo hacer entradas en el blog porque, sinceramente, no creo que ya tenga muchas cosas que aportar al haber tantísima información por todos los sitios sobre rutas y aventuras de bici, pero este Brevet, que ofrecía un recorrido inédito por el interior del noroeste peninsular, bien merece sentarse un rato y dedicarle una crónica. Además tuve momentos de debilidad que me gustaría poner negro sobre blanco, para tenerlos presentes y evitar en lo posible caer en los mismos errores.

 

Los organizadores son Astorga Randonneurs con Salva Pal a la cabeza, que aunque no estuvo de manera presencial ya que está haciendo la vuelta a la Península, estuvo en todo momento animando y pendiente de todos sus niñ@s. 

Un brevet espectacular que iba recorriendo las provincias de León, la comarca de Sanabria en Zamora,  Trás-os-Montes y el Parque Natural del Duero. 

Nos dimos cita la víspera sobre las 20.30 h en el Bar Oasis para recoger los cartones y así poder acelerar la salida al día siguiente. Siguiendo la recomendación de los organizadores, aprovechamos para cenar una hamburguesa allí y así poder ir a la cama directamente. 

6:00 am- La salida estaba prevista a las 6.00 am en el Bar Oasis y desde allí salimos unos veinte participantes dirección Astorga siguiendo el Camino de Santiago :-). 

Conseguí ir con el grueso del grupo durante un buen rato, pero los primeros 18 km iban picando hacia arriba y supe que yo no iba a ser capaz de aguantar mucho más tiempo ese ritmo. Además, tuve que parar para atender necesidades ineludibles que frustraron definitivamente las pocas posibilidades de reengancharme al grupo. 


De los veinte participantes quedamos descolgados Iñi y yo y cuatro unidades más que venían por detrás. Una vez amanecido y mucho más a gusto, empecé a disfrutar del paisaje, de la tranquilidad de la LE133 y de un terreno bastante fácil rumbo a la Puebla de Sanabria en dónde teníamos pensado parar para desayunar (Km 95 aprox.).

Aquí coincidimos con Jorge un randonneur que parecía sacado de 1930, ¡un grande!


10:00 am- Llegamos a la preciosa Puebla de Sanabria cruzando el río Tera y dándonos la bienvenida el fabuloso Castillo-fortaleza de los Condes de Benavente.

Aprovechamos para reponer energía porque a partir de aquí nos internamos en un terreno de marcado carácter montañoso. 

Aquí llega Pepe, un Randonneur de Zamora de "pata negra", de los que se toman su tiempo y saben medir sus fuerzas perfectamente. Nos cuenta que hizo la LEL el año pasado. ¡Otro grande!. 

El paisaje es fantástico en esta época del año, el brezo, el tojo y la retama pintan de rosa y amarillo los montes a nuestro paso. Una pena que no tenga foto de esta zona. En un continuo sube y baja llegamos a la frontera con Portugal en dirección a Bragança dónde se encuentra nuestro primer control (Km 134). Rodamos a través del Parque Natural de Montesinho que es un regalo para los sentidos, la floración está aquí en pleno apogeo y además del brezo se puede ver mucha jara completamente florecida. 




12:30 pm- Llegamos a Bragança, cuna de reyes de Portugal, y atravesamos toda la ciudad cuesta arriba buscando un sitio en el que podamos sellar. Finalmente encontramos un Pub dónde nos tomamos unas coca-colas, aquí íbamos con Jorge, y proseguimos ruta sin detenernos demasiado tiempo. El casco histórico queda pendiente, cualquiera osa introducirse por ahí en un 400.

El terreno ya no da tregua, es un "rompepiernas" constante aunque todavía los repechos no se hacen demasiado pesados. 

14:30- Paramos en Izeda para comer algo. Llevamos ya 180 km y la cosa se empieza a poner interesante. Nos esperan subidas de unos 6km aprox. a una media del 4 %. En condiciones normales suena bien, pero en un 400 esas subidas acabarán pasando factura. 

Comimos estupendamente en el Restaurante A Regada, el dueño nos recomendó el cocido, que era el plato del día, así que no nos pudimos resistir. Al principio tuve mis dudas, pero he decir que me sentó de maravilla y que me dio fuelle para afrontar los km que teníamos por delante. 


Desde Izeda, descendemos hasta llegar al río Sabor para tener que recuperar lo que habíamos perdido. A partir de aquí empezamos a subir una suerte de puertos (no los puedo llamar así porque en realidad no lo son) pero son las subidas a las que me refería anteriormente que ya no podemos calificarlas de meros repechos. De esta manera nos adentramos en la zona del Parque Natural del Douro/Duero hasta llegar a la preciosa localidad de Miranda do Douro. 

El calor y el desnivel ya hacen mella, pero todavía queda mucha tela que cortar. 

17:15- Llegamos a Miranda do Douro Km 235, segundo punto de control. Paramos en la Pousada de Santa Catarina (Las Pousadas son como los Paradores de Portugal). Pregunto en recepción si me pueden sellar, y me dicen que sin ningún problema. ¡Mira que son majos los portugueses! 

Nos tomamos una coca-cola en la espectacular terraza con vistas al Douro. Vemos perfectamente la carretera por donde vamos a descender y luego la subida que tenemos por delante ¡Madre Mía! :-)

Después de la pronunciada bajada por la N218, nos disponemos a remontar el Douro, ya Duero, puesto que cruzamos la frontera de vuelta a España. 
Son otros 6 km aprox. de los cuales el primero es el más duro, luego va suavizando, pero ya llevamos 250 Km en las patas y hemos acumulado la mayoría del desnivel de toda la ruta.




Una vez superada la subida, hay que volver a cruzar el río. La ruta inicial, cruzaba el Duero por el Puente Requejo, un precioso viaducto que supera los Arribes, pero está cerrado por obras, lo que obligó a cambiar la ruta y añadir unos kilometrillos más. 
Seguimos por la ZA324 para cruzar el río por el Salto de Villalcampo y por supuesto, tuvimos que volver a superar otra subidita de otros 6 km.
Me animo al pensar que es la última subida larga y que a partir de aquí el terreno va a suavizar bastante, pero la realidad será que se me va a atragantar todo este tramo hasta llegar al siguiente control.





20:30- Llegamos a Pino de Oro (Km 275). Me dice Iñigo que según Salva, a partir de aquí es bastante llano, noticia que recibo gustosa, y continuamos dirección Fonfría (aquí fui que rescatar a Iñigo durante la CARSAN de 2020 por causa de una avería que le obligó a abandonar la prueba) 



Después de unos 3 km por la nacional, giramos a la derecha para volver a incorporarnos en una tranquila carretera con un firme bastante deteriorado que hace que se agarre la bici. Aquí debería haber comido algo, pero como parezco nueva, siempre pienso que voy bien hasta que me llega la pájara. NO ESCARMIENTO, es increíble que siempre cometa los mismos errores con la alimentación. En el Km 290 justo en el puente que cruza el Esla, le digo a Iñi que tengo que parar un rato, que estoy un poco mareada. Me tomé un gel que me dio alas y pensé, a ver lo que me dura el subidón. 


Aprovechamos la parada para encender luces y ponernos chalecos reflectantes y con sabia nueva, afrontar los km restantes hasta la deseada Tábara en el Km 315 (lugar del último control antes de llegar a meta).
La noche se iba echando encima y a lo lejos se podían ver algunas cortinas de precipitación que por suerte, no descargaron nada a nuestro paso. 
Nunca 25 km se me han hecho tan largos, Tábara, la deseada, no llegaba nunca. Si bien era cierto que el terreno era predominantemente llano, tenía algunos repechos endiablados que a veces marcaban entre el 8 y el 10%. 
La verdad es que necesitaba comer algo en condiciones y empezamos a temernos de que en Tábara no hubiera nada abierto para cuando llegáramos, ya que estábamos tardando más de lo previsto. Iba con la reserva puesta y no daba más de sí. 

23:30- Tábara Km. 320 (5 km más de lo previsto). Por suerte, había un par de sitios abiertos y en uno de ellos, la dueña de lo más amable, nos dijo que nos preparaba un bocadillo sin problema. ¡Un cielo de mujer!
Cargué bien los depósitos para afrontar los últimos 90 Km. Los primeros 30 fui a rueda de Iñi sin problemas, pero después me empezó a dar otro bajonazo por causa sobre todo del esfuerzo extra que hay que hacer de noche. 
Tengo sentimientos encontrados con la noche, por un lado me fascina poder disfrutar de esa oscuridad, de las estrellas, de los pájaros nocturnos que entonan melodías que me recuerdan al mito de las "sirenas de Ulises", ya que esa tranquilidad puede tornarse en un buen susto.
A Iñigo casi se le mete en la rueda una especie de zorrillo y a mi me salió un jabalí, sin ningún riesgo de choque, pero que me dio un buen susto. 
Como alma en pena y con algunos momentos de debilidad mental, encaré el regreso a San Justo de la Vega después de mi "Guerra de Troya" particular y con la ayuda de mi fiel marinero que no dejó de animarme ni un solo instante. 

5:15 - ¡Por fin! Tardamos mucho más de lo que habíamos previsto, pero lo logré a pesar de los momentos de debilidad. 
Todos los participantes terminamos la prueba sanos y salvos y sin ningún percance. 



EPÍLOGO
Unas horas más tarde, nos levantamos y fuimos a Astorga para celebrar lo conseguido con un delicioso Cocido Maragato en Casa Maragata I. 


Después de comer, aún quedaban ganas de dar una vuelta por Astorga y disfrutar de su patrimonio histórico-artístico. 
Fue fundada en época de Augusto en el 14 ac como campamento militar para salvaguardar la zona norte después de las guerras cántabras y como asentamiento de la Legio X Gemina.
Debido a su posición estratégica se convertirá pronto en importante nudo de comunicación que uniría La Galia desde Burdeos mediante la Via Aquitania y la Via XXV desde Emerita Augusta.
Durante la Edad Media vivió otro periodo de auge y esplendor gracias al apogeo de la peregrinación a Santiago. 
La cuidad fue durante siglos sede episcopal, de ahí la riqueza de su patrimonio religioso destacando la Catedral de Santa María cuya construcción comenzó a finales del S.XV y el famoso Palacio Arzobispal comisionado por el obispo catalán Grau Vallespinós a Antoni Gaudí en 1889. 





Ha sido una experiencia inolvidable, con bastantes momentos de penuria pero, ¿Quién dijo que la larga distancia es fácil?